Si gana Guillier…

Publicado en Dic 1, 2017 - 7:30pm [294 lecturas] .

Por Mario Domínguez Castro / Sociólogo / Director Área de Desarrollo Social

Es evidente que nuestro país transita por nuevos rumbos, se aleja de los lugares comunes y equilibrios forjados por la postdictadura. Más evidente aún es el cambio del eje donde gravita la izquierda y el progresismo; Chile reiteradamente ha entregado respuestas excepcionales, originales, impensadas a los desafíos que le acontecen.

La irrupción del FA en el parlamento es parte de esta herencia de soluciones impensadas, sorpresivas y originales que han permitido la perenne oxigenación de la izquierda, pasó ayer y está pasando hoy.

No cabe duda que esta apertura no es ocasional, forma parte de una agenda anterior a este proceso de elecciones e hizo converger iniciativas de distinta índole: el persistente ímpetu reformista del Partido Comunista que permitió la conformación de la Nueva Mayoría y la voluntad de la Presidenta Bachelet de realizar transformaciones clave: reforma al sistema binominal con voto de chilenos en el extranjero; reforma educacional en sus aspectos más estructurales cómo Ley de Inclusión, Nueva Educación Pública, creación de Universidades y CFT’s estatales; despenalización del aborto en 3 causales y el Proceso Constituyente. Estas fueron mociones que concitaron la unidad transversal del progresismo y la izquierda, constituyeron unidad de propósito en cuanto punto de encuentro entre matrices de tradición democrática, socialista y liberal.

La elección del 19N expresó un estado de ánimo hasta ahora contenido por la estructura del sistema de representación política. No es que las sensibilidades que el FA representa no hayan existido previo a la elección, estaban en emergencia de manera profusa y en vínculo con la descomposición de otras fuerzas tradicionales; correlativo al declive DC y PPD, los cuales pasaron de 103.628 votos en 2013 a 68.185 en 2016 y 88.400 votos en 2013 a 41.915 en 2016 respectivamente, sólo en la Región de Valparaíso, donde el FA consiguió un Senador y tres parlamentarios, con una símil cantidad de votantes en ambas elecciones.

Hoy, en perspectiva, sin duda podemos leer las movilizaciones estudiantiles del 2011 como una suerte de Mayo francés o Cordobazo, una revuelta estudiantil cuya trascendencia ha significado una potencial renovación de la fisonomía de ciertas élites. Si bien este ejemplo opera como un “parangón elíptico” respecto de dichas experiencias (Cfr. Croce y Gramsci); la realidad es que aún es aventurado determinar si esta expresión política tomará la forma de una autoafirmación generacional, un voto protesta, o la de fuerza contributiva a un proyecto histórico más amplio que implique la tan necesaria reforma intelectual y moral alterna a la sociedad de consumo, que en la práctica ha sido más totalitaria que muchos de los fascismos vividos en la historia y productor de un “pragmatismo hedonista” sin precedentes, como tan bien describe Pasolini.

Con esto, resulta necesario tomar en cuenta la advertencia que nos hace el profesor Pablo Aravena (La Segunda, 23-11-2017): el voto sin sujeto, ¿cuánto de este cambio de opinión en sectores nuevos y tradicionales, más que responder a un movimiento progresivo, orgánico, se debe al aparente desarraigo y autonomización respecto de tradiciones distintas e históricamente en disolución?; ¿cómo se ha de capitalizar este desequilibrio a favor de un proceso continuo, progresivo y reformador?. Una victoria de Piñera en estas condiciones significaría, sin dudas, una derrota de la cual ningún grupo o actor, por debutante que fuese, podría desembarazarse. De lo contrario, una victoria implicaría variadas oportunidades, asentamiento de los proyectos colectivos aún en emergencia, estabililización no sólo política, sino cultural de las reformas; profundización y ampliación de las influencias de las fuerzas de cambio. En definitiva, si gana Guillier, ganamos todos.

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