Ser o no ser víctima en políticas de seguridad

Publicado en Nov 20, 2013 - 6:46pm [1.178 lecturas] .

Las políticas sociales referidas a la seguridad pública abordan un conjunto de actores poniendo énfasis en aquellos que resultan más vulnerables y situando a las víctimas de violencia en el centro de diversas discusiones éticas. La necesidad de nuevos estándares de calidad en la atención desde el Estado plantea la incorporación de factores que dan cuenta de la relación que se establece con la víctima en el desarrollo y la puesta en práctica de políticas públicas referidas a los temas de seguridad.

Las consideraciones respecto al tipo de relación que se establece con quien ha padecido violencia llevan a diversas reflexiones profesionales, algunas de las cuales se han incorporado a nivel de las instituciones públicas. La discusión acerca del modo más adecuado de referirse a estas personas es el resultado de la externalización de un proceso de reflexión, acerca del tipo de relación que se establece con quienes han padecido abuso de poder y vulneración de sus derechos fundamentales.

Las etiquetas asociadas a posiciones que ubican al otro en una relación de poder asimétrica  ha sido resistida, en contraposición con aquellas que destacan los recursos personales desplegados por quienes han sufrido violencia y que permitan destacar las fortalezas del consultante. La conceptualización de la persona afectada por violencia como víctima también ha sido motivo de cuestionamiento por las implicancias que tiene para la persona y para la relación que con ella se establece, además, de las consideraciones respecto a su futuro y al modo de enfrentar los desafíos vitales que se le presentarán. Del mismo modo, solicitante y consultante se transforman en significaciones que ponen el énfasis en la demanda del otro y de su protagonismo en la relación social. El concepto de víctima es descriptivo de una situación transitoria y puede ser un punto de apoyo en los inicios del vínculo por lo que, parte de la responsabilidad profesional está dada por el uso de un lenguaje que responda a una posición ética y no cristalice enfoques que limitan el campo de posibilidades emergentes en terapia.  Así mismo, la significación de sobreviviente se relaciona con el reconocimiento por parte de otro como persona con un elevado nivel de recursos personales. Boscolo y Bertrando[i] señalan que, a veces, una palabra deviene palabra clave en el aquí y ahora de la relación y que es significativa sólo en relación a una situación dada.

Las instituciones  públicas que asisten a personas afectadas por violencia suelen denominarlos inicialmente víctimas[ii] como manera de connotar el lugar que les cabe en la situación en la que se han visto involucrados, como afectados u ofendidos por un delito, ya que, estas instituciones se encuentran habitualmente ligadas a los ámbitos jurídicos. Esta denominación es asumida con reservas dada las implicaciones y riesgos que pudiesen encontrarse presentes en tal denominación, como ser el rol de víctima que pudiera ser asumido por quien ha sido afectado y que implicara un experienciar y una vivencia pasiva del mismo. Aquí resultan relevantes las consideraciones respecto al tiempo y la historia, ya que, de modo circunstancial es posible aceptar este concepto como muestra de comprensión y entendimiento del sufrimiento del otro pero teniendo en cuenta que debe evitarse eternizar esta postura por las limitaciones que implica para el proceso de reparación  y del fortalecimiento de recursos del otro. En este sentido, se destaca la importancia del lenguaje profesional, ya que, instala ciertos contenidos que pueden ser asumidos por quien consulta dada su situación de gran vulnerabilidad.

Además, es posible encontrar consideraciones respecto al afectado por violencia como un sobreviviente, lo que centra la mirada en las habilidades desplegadas por la persona para afrontar la situación que ha vivido y destacar su fortaleza como individuo puesto a prueba en una situación extrema. Al respecto, aparece el concepto de daño que se asocia a la vivencia de una experiencia subjetiva que lo caracteriza y lo hace posible desde las particularidades de quien ha padecido una vivencia de violencia, por lo que no es una experiencia generalizable y explica las variaciones encontradas persona a persona respecto a una misma situación. Se concibe como la interrupción de un proceso, un corte en el vivenciar de la persona no sólo a nivel subjetivo sino de su mundo en general y del modo como lo tenía organizado, además, de percibirlo asociado a un quiebre en el continuo vital. Por otra parte, existe una experiencia de dolor respecto al hecho violento por el que se ha visto afectado y por la alteración que  implica en los diferentes ámbitos de la vida y, en general, en su continuo vital.

Por otra parte, debe existir consideración por el concepto de trauma que se explica como la vivencia de una situación extrema o límite en donde se ha visto en juego la vida o la integridad de la persona y que se asocia a la experiencia de quiebre vivencial o como aquello que marca a la persona, como una cicatriz invisible que puede instalarse de por vida en la experiencia y el mundo de quien ha sido afectado por la violencia. Además, es conceptualizado como la vivencia de una experiencia imposible de simbolizar a nivel subjetivo, por lo tanto, que desborda transitoriamente las capacidades de la persona para elaborar la situación y su experiencia y que, por lo mismo, resulta imposible de llevar al lenguaje. Se encuentra ligado con aquello que expone y vulnera y que lleva a la vivencia de desprotección y fragilidad a quien lo experimenta.

Por último, especial relevancia merece la presencia de preconcepciones en la praxis y en los discursos profesionales como limitaciones para ver al otro en su singularidad y su ser persona presentes en la comprensión de la terapia como encuentro con el otro. Estas preconcepciones se aprecian como visiones internalizadas del mundo que limitan, interfieren o empobrecen la posibilidad de ver a ese otro como persona en el mundo, en su singularidad, en su particularidad, en su individualidad y que no implica acercarse al otro en modo de individualidad, con una visión sólo de su psiquismo sino que, en su ser particular que  aborda su entorno, su historia y su contexto. El riesgo de preconcebir es generalizar, ya que, con ello dejas de ver al otro en  su particular modo de ser persona, se valora la disposición a abandonar las certezas que otorgan los supuestos y las premisas.

El acompañamiento a quienes han padecido violencia es una oportunidad para lograr una mayor comprensión de su mundo social y de su ser parte en este mundo, en que el profesional expresa una profunda consideración por entender su nivel histórico de sufrimiento  y en que el otro es una persona en muchos roles transitorios en donde las concepciones de mundo y de sujeto, las utopías, las visiones sociales y espirituales emergen inevitablemente cuando vives el sufrimiento en el encuentro con el otro.

 

Por

Jeannette Rosentreter. Psicóloga


[i] Boscolo, L., Bertrando, P., Fiocco, P., Palvarini, R., Pereira, J. (1995).  Lenguaje y cambio: El uso de palabras clave en terapia. Journal of Marital and Family Therapy.Volumen 21.Número 4.American Association for Marriage and Family Therapy.Washington DC, USA.

[ii] Fuente: Rosentreter J. (2013). Terapia de reparación: Un acercamiento desde la praxis institucional pública en Chile. Tesis para optar al grado de Magíster en Psicología Clínica de Adultos. Facultad de Ciencias Sociales. Departamento de Psicología. Universidad de Chile.

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