Lecciones desde el Brasil

Publicado en Jun 24, 2013 - 3:02pm [1.685 lecturas] .

PROTESTO EM BELO HORIZONTE

 

 

 

 

 

 

 

Por

Pablo Canelo

Sociólogo del Área de Desarrollo Local

Brasil está viviendo días bastante convulsionados. Las masivas movilizaciones espontáneas protagonizadas por la juventud  producto de la crisis del sistema de transporte público, el aumento del pasaje en 20 centavos (unos 45 pesos chilenos aproximadamente) y los enormes gastos públicos para financiar la Copa del Mundo 2014 pusieron fin a 20 años de aletargamiento e instalaron un cuestionamiento de los rasgos principales del modelo de desarrollo brasileño. Para comprender este malestar es necesario tener claro algunos antecedentes.

Muy similar al caso chileno, la dictadura brasileña termina (año 1985) producto de enormes movilizaciones de masas que buscaban no solo un cambio de gobierno sino de generar profundas reformas postergadas desde muchos años (reforma agraria, tributaria, urbana, etc). Dicho proceso de democratización de la sociedad brasileña fue interrumpido por la inclinación de la balanza hacia los sectores neoliberales durante los años `90, quienes impusieron el recetario neoliberal que ni la dictadura había aplicado: apertura a las transnacionales, desregulación laboral, privatización de empresas, financiarización de la economía, liberalización de las tierras, etc.

Con la derrota electoral de las fuerzas neoliberales el 2002 a manos del Partido de los Trabajadores (PT) con Lula a la cabeza, comienza un leve giro al modelo neoliberal. Sin embargo, luego de 10 años de conducción petista los cambios fueron pocos y las reformas estructurales siguen pendientes. Si bien se frena la ola privatizadora, aumenta el control estatal sobre las principales actividades productivas, y en los últimos años de Lula se disminuye levemente la enorme deuda social de la democracia brasileña, el gobierno continúa apostando a una economía cada vez más sustentada en la producción, extracción y exportación de materias primas sin valor agregado, los servicios de salud pasan por una pésima situación, se agudiza la segregación clasista al interior de la educación, el sistema de transporte público hace agua por todos lados, y crece la corrupción gubernamental que agudiza la crisis de la sociedad política. Durante estos años se apuesta definitivamente por una matriz productiva energética insustentable a largo plazo, que arrasa con comunidades, que contribuye al agravamiento del cambio climático y que fomenta desde el estado (principalmente a través del BNDES, uno de los bancos de desarrollo social más grandes del mundo) la inserción de las transnacionales brasileñas en América Latina. Todo esto ha llevado a un agravamiento de los confrontamientos sociales en Brasil e incluso fuera de él. Un ejemplo de esto es la megaminera brasileña VALE que está desarrollando proyectos mineros en toda América Latina con sus correspondientes conflictos con comunidades, o Eike Batista, capitalista brasileño, quien pretendía instalar una gran termoeléctrica en Castilla pero que fue frenado gracias a la lucha de la comunidad de Totoral en Chile.

Con la llegada de Dilma el 2013, comienza un peligroso giro hacia la derecha. Se disminuye el presupuesto social a favor del pago de una creciente deuda pública (42% del presupuesto anual para este año); se detiene el lento proceso de reforma agraria iniciado con Lula además de poner fin al proceso de demarcación de tierras indígenas, y un retroceso respecto a la ley de aborto al prohibirlo en casos de violaciones a cambio de una compensación económica del nacido hasta los 18 años (¿no suena conocida esa propuesta?). Esto se refleja en la baja en 8 puntos en las encuestas por primera vez desde que llegó al gobierno, y la creciente desigualdad y concentración económicas reflejan que el mito de la “nueva clase media” impulsado por el modelo brasileño se derrumba.

En este contexto no es difícil entender que las movilizaciones no se explican solo por un alza en el precio del transporte. La perspectiva desmovilizadora que impulsó el PT luego de su triunfo el 2002 apoyada en los éxitos macroeconómicos y en los programas sociales (”Bolsa Familia”) se hizo añicos esta semana, lo que revela la poca memoria histórica de clase dominante y sus representantes, quienes olvidaron que el ascenso del PT al poder fue producto de la lucha popular contra las reformas neoliberales de los años `90. Muy similar al proceso de salida de la dictadura en Chile, la fracasada transición desmovilizadora y el amplio cuestionamiento al modelo chileno 20 años después a partir de las movilizaciones estudiantiles. Con ciertos matices, en ambos países el freno a las movilizaciones de masas y las aspiraciones de cambio trajo consecuencias a mediano plazo con estallidos sociales que ponen en cuestionamiento el modelo de “desarrollo” impulsado por las elites.

Esos 7 días históricos que remecieron al Brasil dieron cuenta además de un peligroso distanciamiento entre la sociedad civil y la sociedad política. Los partidos políticos e incluso las centrales sindicales como la CUT Brasil (cercana al gobierno) fueron fuertemente criticadas e incluso expulsadas de las movilizaciones. El desafío principal de las fuerzas populares y de izquierda es recoger el potencial movilizador de las masas que ha vuelto a la escena por estos días en Brasil y canalizarlo hacia la profundización del proceso de superación del neoliberalismo, abriendo un nuevo período de conquistas sociales. En la otra vereda se encuentra la restauración neoliberal impulsada por la derecha que existe tanto dentro como afuera del gobierno de Dilma, y que también busca disputar los rumbos de las protestas para volver al gobierno. En la resolución de esa contradicción el PT juega un papel fundamental por ser el partido más grande de la clase trabajadora. Redefinir su rol en la administración del estado, profundizar la discusión sobre el modelo de desarrollo brasileño, y ampliar su influencia hacia los movimientos sociales no solamente sindicales es necesaria para la “defensa de lo conquistado” (principal consigna del PT por estos días).

Y como principal lección tanto para Brasil como Chile, es un error pensar que los cambios deben estar conducidos única y exclusivamente desde la sociedad política. Desmovilizar a la sociedad civil es un error que tarde o temprano pagará sus consecuencias.

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