Frente a una era de revoluciones, ¿La izquierda chilena estará a la altura?

Publicado en jun 22, 2013 - 6:50pm [1.390 lecturas] .

Por

Mauricio Muñoz. Sociólogo. Investigador Área Laboral Ical.

@Mauricio_emf

Las masivas manifestaciones y protestas ocurridas durante los últimos tres años, no sólo en Chile sino que en el mundo entero, tienen algunos componentes comunes. En primer lugar, gran parte de aquellos que se manifiestan no se enrola en ningún partido político y, de hecho, los critican, desaprueban y hasta se les oponen. En segundo lugar, muchos de los manifestantes son jóvenes, trabajadores y, principalmente, estudiantes; algunos incluso salen a las calles a protestar por primera vez. En tercer lugar, el agravio que expresan surge como reacción a un sistema social, político y económico corrupto que, en su puesta en forma, los violenta, somete, degrada y envilece como personas. En síntesis, el orden social capitalista, para gran parte de la población mundial, se torna insoportable y se hace necesaria su subversión.

Entendiendo los procesos sociales como fenómenos amplios, complejos, diversos y heterogéneos y, más precisamente, como un ritmo infinito de una alternancia eterna, donde una etapa no debe considerarse a priori por sí misma sino en su relación y vínculo con las precedentes, se puede afirmar que estamos en la parte final del proceso de incubación de una era de revoluciones sociales, cuya maduración nos hace estar al borde de su eclosión.

Su fecundación es posible rastrearla, al menos en Chile, en las primeras huelgas obreras ocurridas de facto a comienzos del siglo XX, cuyo carácter fue “ilegal” en tanto que no se inscribían en ninguna institucionalidad jurídica.

Su nacimiento y desarrollo, en la conformación de conglomerados y proyectos políticos como el Frente Popular y la Unidad Popular, que representaban no sólo el interés de los partidos políticos que los conformaban sino que eran los catalizadores de un proyecto nacional-popular más amplio, cuyo paroxismo fue la “vía chilena al socialismo” encabezada por la UP, truncada material y simbólicamente con el Golpe de Estado de 1973.

Su renacimiento y maduración lo podemos identificar en las protestas de los pobladores, trabajadores y estudiantes secundarios en contra de la Dictadura Militar, en la década de los 80, y, casi 20 años después, en la llamada “revolución pingüina”, en las huelgas de los trabajadores subcontratados, precarios, de importantes sectores productivos nacionales como la minería, particularmente el cobre, y el sector forestal; en las protestas de pobladores ocurridas los últimos años en Arica, Aysen, Freirina y Quellón; y en las masivas manifestaciones que, desde el 2011, han protagonizados los estudiantes de educación superior y secundarios de todo el país, poniendo en jaque al sistema político.

Todas estas movilizaciones sociales, sobretodo las acaecidas en los últimos años, dan cuenta de una sociedad civil “viva” que reacciona, se organiza, protesta y se manifiesta frente a un sistema social que los enajena, en el cual ya no quieren vivir simplemente porque éste no permite vivir, porque acota toda la riqueza humana y su potencialidad a relaciones mercantilizadas, superfluas y, en último término, vacías.

Si los sectores de izquierda de nuestra sociedad no son capaces de estar en el mismo registro que estos actores, si los partidos políticos de izquierda, específicamente el PC con la posibilidad que se le abre al apoyar a la deus ex machina que representan la pre-candidata presidencial Michelle Bachelet y su alta probabilidad de arribo al poder Ejecutivo, es incapaz de discutir, elaborar e influir en la ejecución de un programa de transformación social real en conjunto con la sociedad civil organizada y convertida en actor político, teniendo como telón de fondo un relato utópico, un proyecto cuyo objetivo estratégico sea subvertir el orden social que impide el florecimiento y desarrollo humano y, por el contrario, sólo se conforma con hacer alianzas que buscan resolver problemas políticos contingentes, este sector, de no ser el motor de las demandas sociales al interior de un sistema de partidos que se cae a pedazos, debe estar preparado para que la Historia le pase por encima.

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