El movimiento estudiantil en un contexto post-político.

Publicado en Abr 16, 2013 - 3:12pm [2.877 lecturas] .

Por Mauricio Muñoz. Investigador Área Laboral Ical

En la Antigua Grecia, como lo relata el filósofo esloveno Slavoj Zizek siguiendo a Jacques Rancière, cuando el pueblo -aquellos sujetos sin un lugar claramente definido en la jerarquía de la estructura social, pertenecientes al Demos,- exigieron que su voz se oyera frente a los gobernantes que ejercían el control social; cuando estos excluidos demandaron formar parte de la “esfera pública” como representantes, portavoces, de la sociedad en su conjunto, es cuando apareció, por primera vez, lo propiamente político. “Nosotros, la ‘nada’ que no cuenta en el orden social, somos el pueblo y todos juntos nos oponemos a aquellos que sólo defienden sus propios intereses y privilegios”.

Un conflicto entre “política institucionalizada” en contra de lo “radicalmente político” representado por el Demos griego que, además de demandar ser tomados en cuenta, desajusta el orden en nombre del principio de universalidad, mientras se identifica la “no-parte” con el “Todo”, rechazando la subordinación que se le ha asignado a los excluidos desde la esfera de poder.

El movimiento estudiantil chileno cuenta con las características de este Demos. Da cuenta de esto el apoyo que recibe de la parte de la sociedad chilena que no tan sólo está disconforme con la mala calidad de la educación y el negocio que se ha montado en torno a ésta, sino que además se siente contraria al Capitalismo como sistema de producción y reproducción social. “No es solamente educación… queremos derrumbar un sistema opresor que ve la vida como mercancía”, rezaba uno de los lienzos desplegados en la marcha.

Es así que este movimiento consiguió hacerse oír y está en camino de constituirse en  un interlocutor legítimo al convertirse en el “nosotros” que representa la “universalidad”. Esto, sin duda, no se dará de un día para otro. Más bien debe ser concebido como un proceso, con altibajos, zigzagueante, pero que si logra la madurez política necesaria y la virtuosa articulación de bases-demandas-dirigentes-representantes, puede llegar a buen puerto. Y cuando digo “buen puerto” quiero decir no sólo alcanzar sus demandas “manifiestas” sino que, sobretodo, obtener aquellas “latentes”, es decir, el derecho fundamental de ser escuchados y reconocidos como contraparte en la discusión política –todos- en una relación de igualdad.

Muchos analistas se han preguntado durante esta semana ¿por qué los políticos no entienden lo que quieren decir los estudiantes?, situando el problema en el campo lingüístico y, más precisamente, en el terreno de la comprensión. Ponerlo allí es arriesgado, principalmente porque se subestima a una clase política experimentada y, además, nos pone en el lugar de los ingenuos… ¿realmente no entienden?

El objetivo principal de la “política anti-democrática” chilena ha sido, durante ya casi 40 años, el ejercicio permanente de la despolitización: la exigencia innegociable de que las cosas sean “normales” o vuelvan a la “normalidad”. Esto es que cada cual ocupe el lugar que le corresponda en el “orden” social. Esta anulación de la fuerza desestabilizadora de lo político es lo que llamo aquí “post-político” y que, en términos de Zizek, puede ser definido como aquello que no sólo “reprime” lo político e intenta contenerlo pacificando su “reemergencia”, sino que, con mayor eficacia, lo “excluye”.

Así, en la post-política, el conflicto entre los proyectos ideológicos globales (socialismo v/s capitalismo, por ejemplo) se suprime y se olvida. Sólo los “trasnochados” osarían hablar de terminar con el capitalismo para reconciliar a las mujeres y hombres con su especie y la naturaleza, sólo aquellos marxistas añejos se atreverían a interrumpir el mantra capitalista de tono neoliberal. En la post-política la discusión se vulgariza, se acota a la mera colaboración entre los “expertos” y “tecnócratas”. El cómo queremos vivir y los problemas de la sociedad se reducen a que algo “funcione” bien (cuestión que a estas alturas significa que sea económicamente rentable) no importando a qué costos humanos.

Pero, por el contrario, el acto político radical no es el funcionalista sino que, más bien, es lo que podemos llamar “el arte de lo imposible”, vale decir, esa acción colectiva que se convierte en movimiento social que tiene la capacidad de subvertir su contexto de emergencia, que altera y revoluciona las condiciones sociales de producción simbólicas y materiales que determinan y dan sentido al funcionamiento de las cosas.

Entonces, los políticos, ¿realmente no entienden o no les conviene hacerlo?

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  1. felipe 18 abril, 2013 at 23:32 - Reply

    Creo que esta mas que claro que la respuesta en que no les conviene hacerlo y lo has sido explicito con la claridad y sinceridad de tu articulo. Para esto es necesario un cambio en nuestra esencia, un cambio en la forma que adherimos a un sistema político-económico que es el motor de nuestra vida.

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