El conflicto resuelve la tensión entre contrarios.

Publicado en Feb 1, 2013 - 8:25pm [2.254 lecturas] .

(A propósito de la salida al mar para Bolivia)

 Por Mauricio Muñoz. Sociólogo. Investigador Área Laboral Ical.

“Al final del viaje estamos tú y yo intactos.
Quedamos los que puedan sonreír,
en medio de la muerte, en plena luz”
Silvio Rodríguez

Todo está dispuesto para la comida. La mesa. Sobre ella un mantel y todos los utensilios necesarios correctamente distribuidos. Los platos donde tienen que estar, los cubiertos y las copas en su lugar. Las sillas. Los comensales dispuestos para el banquete. Sea una familia, amigos o una reunión de trabajo. Cualquiera sea el grupo, la instancia de la comida no es sólo el momento de satisfacer la necesidad del hambre, de nutrirse, también es un espacio de socialización. Aquí se comparte la comida y la experiencia, se conversa, se hace “sobre mesa”. Pero hay una salvaguarda. Un aforismo de uso común la grafica plenamente: “En la mesa no se habla ni de religión ni de política”. Allí no se hace referencia a aquellos temas difíciles de abordar, tabúes quizás, prohibidos por sus posibles consecuencias. De la mesa se destierra toda palabra que provoque disidencia, desorden. Todo enunciado que remita al conflicto.

En general el conflicto es indeseado. Se le considera maligno, peligroso y nocivo. Se debe evitar porque con él sólo se avanza hacia la destrucción que, por lo demás, no es otra cosa que la antesala de la nada. Por lo tanto, el conflicto, en último término, nos remite, en general, a la aniquilación o al exterminio de los rivales. Al fin de los contrarios.

Pero merece la pena preguntarse si esto es así realmente o, más bien, es una estrategia de poder que preña a la palabra de un sentido negativo y que, por supuesto, luego ésta se reproduce en el habla, contribuyendo a (des)formar el sentido común.

“La lucha de clases es el motor de la historia” decía Marx. El conflicto, desde esta perspectiva, generaría dinamismo. En esta concepción, la sociedad cambia, avanza si se quiere, porque los actores que participan de ella, que la producen, se contraponen. Es decir, aquí el conflicto no da necesariamente lugar a la destrucción, aniquilamiento o a la nada, más bien se convierte en una herramienta para la transformación.

Podemos ir más allá incluso y afirmar que el conflicto, además, es un momento de socialización fundamental ya que es una instancia que convoca y que protege del dualismo que separa, que busca impedir el litigio, la contienda política, la mirada a los ojos.

El conflicto así se transforma en una resolución de tensión entre los contrarios. No existe un “orden” social armónico. En toda unidad coinciden factores que amalgaman su unión y otros que actúan contra esta unidad. La forma de lo social -si es que la tiene necesita de esta dualidad. Asociación y lucha, simpatía y antipatía, armonía y disonancia, tregua y hostilidad. La interacción entre el yo y el otro, entre nosotros y ellos, es lo que permite la construcción de la “realidad”, la articulación de lo social por lo social.

En definitiva, el conflicto es la situación que permite el dialogo y el reconocimiento con la alteridad, con la otredad, con ese otro sin el cual nosotros no tendríamos sentido alguno. Esta base unitaria en ningún momento supone disminuir la intensidad o la determinación del conflicto. Por el contrario, enaltecerlo así es convertirlo en una apertura a la posibilidad de cambiar lo que existe. De acabar con la prehistoria y comenzar a caminar, partir de nuevo y construir un mundo otro, más humano.

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