Todo Chile debe contribuir a la paz en Colombia

Publicado en Sep 11, 2012 - 7:28pm [1.449 lecturas] .

Por Carlos Arrué. Encargado Programa Legislativo de ICAL

Uno de los grandes problemas de Chile en el concierto internacional era, y es, su inserción económica y política en América Latina. Tan acostumbrados como estamos a sólo medir las cosas desde el punto de vista de la balanza comercial y sus lógicas repletas de estándares de exportación y tipos de cambios, todo ello determinado por el Regionalismo Abierto del cual nuestro país lleva demasiado tiempo venerando, el anuncio de Chile como país acompañante fue tan sorpresivo como grato.

Es un acierto de la política exterior aceptar este desafío porque la lectura comercial nos distancia del resto del continente del cual nos creíamos superiores y no porque los demás fueran inferiores, sino porque nuestra presumida sabiduría era una ignorancia adquirida por y derivada del mencionado Regionalismo Abierto.

Así las cosas, el dialogo llegó y ¡vaya desafío que representa para Chile!

De partida, como acompañante hay que tener claro a qué venimos y así como el Gobierno de Venezuela tendrá que olvidar que la policía colombiana detuvo a personas a su arbitrio en territorio venezolano, el Gobierno de Chile no podrá andar por el mundo pregonando ahora que las FARC y quienes solidarizaron con ellas, sean terroristas. Porque si bien es cierto que cada parte escoge un país que considera dé garantías de ombudsman, esto no significa el libre albedrío sino que implica que hay más obligaciones que derechos. Una de esas obligaciones es precisamente conservar la calma y contribuir a acercar las partes cuando ellas la pierdan. Hay que tener claro que Chile está donde está, no para frenar a Chávez como algunos escasamente iluminados – los mismos de siempre – han dicho. El enemigo no es Chávez, el enemigo es la continuación del conflicto. En eso, no nos podemos perder.

Es una responsabilidad que implica entonces – y también – tener conocimiento. Segundo desafío. Chile tendrá que sobreponerse y superar la comprensión mercantil de sus relaciones internacionales y conocer y entender qué es lo que prolonga el conflicto interno de carácter militar más largo del último siglo en nuestro continente. Tendrá que entender asimismo, cómo una guerrilla pueda enfrentarse a un enemigo muy superior en número, tal vez diez veces más en fuerzas vivas, con el apoyo explícito de Estados Unidos a través del Plan Colombia y que ha debido enfrentarse no sólo al Estado Colombiano, sino al paramilitarismo.

Chile tendrá que conocer que a mediados de los años 80, en un intento de desmovilización, las FARC se sumaron a una iniciativa política denominado Unión Patriótica que fue exterminado por el Estado Colombiano, por los paramilitares y las bandas de narcotráfico. Todo lo anterior, crea y genera una desconfianza.

Y aquí radica el tercer desafío de Chile. Contribuir a crear confianza. Chile es invitado porque da garantías al Gobierno de Colombia y cuando el dialogo con las FARC lleguen a un punto muerto, lo cual es posible, será responsabilidad de Chile representar al Gobierno de Colombia, es decir, a los millones de colombianos que votaron por Santos, y sacar adelante este proceso. Eso, requiere ganarse la confianza de la otra parte, porque está por sentado que la confianza del Gobierno de Santos, Chile la tiene.

Las amenazas al dialogo y al proceso de paz, no provienen de las partes. Muchas veces, quienes han boicoteado las conversaciones, son aquellos que serán afectados por la paz y por el hecho que las FARC puedan reinsertarse en la vida civil y política. O sea, el verdadero narcotráfico y crimen organizado, los mercaderes de las armas, las agencias que viven del Plan Colombia y las fuerzas políticas que ven en una salida negociada al conflicto, una amenaza.

Chile está ante un desafío de proporciones históricas que bien debemos dimensionar porque la guerra en Colombia, no es responsabilidad de las FARC y podremos constatar, seguro estoy, que una vez alcanzada la paz, el fin de la guerra no será el fin de la violencia en Colombia. El fin de la guerra, no será el fin de los secuestros y probablemente, no se terminará el Plan Colombia. Sin embargo, sus dimensiones épicas las obtiene desde una lectura que propuso el mismo Presidente Santos, Colombia ha cambiado y América Latina ha cambiado. De alcanzar la paz con las FARC, le darán una oportunidad a la democracia. No es el final, es un paso que ha sido negado durante demasiado tiempo con su secuela de dolor, muerte, corrupción e indolencia. Será un cambio de alcances estratégicos en la región.

Por último, los chilenos, todos, debemos apoyar al gobierno de Piñera, incluso aquellos que con sus fantasías contribuyeron a crear alarma en la población como el senador Espina, incluso ellos, debieran sumarse a esta verdadera cruzada. Esa es la política internacional que promueve la paz, la democracia, la solidaridad, el latinoamericanismo. ¿Quien iba a pensar que un gobierno de derecha iba lograr dar con una oportunidad única y tomarla? Así, aunque sea un rato, no midamos la política exterior por el número de Tratados de Libre Comercio, que por lo demás, muchas veces de libre comercio no tienen nada. Es una oportunidad para dejar de mirar las relaciones internacionales como la vitrina donde posará el cobre y comenzar a evaluar nuestro aporte en el número de vidas humanas salvadas, en la cantidad de medicina entregada a los campesinos, en el número de personas que encontrarán trabajo embelleciendo Colombia para recibir turistas, en el número de niños que podrán compartir con sus padres e incluso, en el número de fracasos personales que habrán, pero que son parte de cualquier vida.

Ojalá que Chile puede contribuir a la esperanza de millones de colombianos de forma responsable, desde su propia óptica política, porque de eso se trata, pero con sentido del momento, madurez en sus responsabilidades y vocación de paz.

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