Proyecciones políticas del Movimiento Social por la Educación.

Publicado en Mar 29, 2012 - 5:32pm [2.756 lecturas] .

Daniel Núñez, Sociólogo presidente del Directorio de ICAL

Debido al interés por captar las proyecciones emancipatorias que se pueden atribuir al movimiento social por la educación, en este artículo me concentraré en analizar lo que se podría catalogar como las claves políticas contra hegemónicas del mismo. Eso quiere decir que se enfocará la mirada en aquellos aspectos donde aflora el potencial democratizador de estas luchas y se acentúa  la ruptura con el orden neoliberal que predomina en el país.

Como punto de partida, nos pareció indispensable explicitar que las movilizaciones por la educación que emergieron el 2011, no pueden concebirse como sucesos desconectados de las dinámicas y conflictos más generales que afectan al país. Es más, dichas movilizaciones brotaron en un terreno que se encontraba fertilizado por la acción silenciosa de fuerzas casi imperceptibles, que en forma lenta pero sostenida, han estado horadando los pilares que sustentan al neoliberalismo en Chile.  Hacia fines de la década del noventa y principios del nuevo siglo, las miradas más preclaras de la sociología criolla alertaban sobre los riesgos que conlleva un proceso de modernización basado en la expansión desenfrenada del mercado. Dichas voces advertían, que a pesar de su avance arrollador y sus aparentes éxitos, en Chile se estaba consolidando un paisaje social árido, donde cundía la apatía y el desamparo de los ciudadanos. Uno de los cientistas sociales que formuló con mayor claridad estos planteamientos, fue Norbert Lechner.[1] Este autor señaló que la modernización chilena no sólo iba acompañada de una indiferencia de la gente hacia la actividad política, sino que también conllevaba la aparición de una serie de miedos y traumas psicosociales, que diluían los vínculos entre las personas, aumentando hasta niveles insospechados el retraimiento social. En definitiva, Lechner sostiene que nuestro peculiar estilo de desarrollo no echa raíces en la subjetividad de las personas, por tanto carece de anclajes sólidos.

De nuestra parte podemos agregar, -que a poco andar-, este desencantamiento se transformará en un creciente malestar social, que se manifiesta en un “ciclo largo” de conflictos sociales. Dicho ciclo de protesta no exhibe un comportamiento lineal, pues en él coexisten “peak” de luchas sociales, con períodos de relativa calma, como fue la coyuntura que se presentó, previo e inmediatamente posterior a la elección presidencial del 2009. Este prolongado ciclo  comienza con la revolución “pinguina” del 2006. Luego se manifiesta en el mundo del trabajo, a través de una oleada de huelgas obreras, donde resaltan las paralizaciones que protagonizaron en el año 2007 los asalariados contratistas de la estatal Corporación de Desarrollo del Cobre (Codelco)  y la empresa forestal Arauco. Y después de un período de letargo, se asomó en el ámbito de la educación, con un vigor que sorprendió a moros y cristianos.

Es habitual que para graficar lo telúrico de movilizaciones que sorprenden por su  intensidad, se evoque  la figura de un volcán hace erupción sin previo aviso o de un sismo inesperado.  Sin embargo, en el caso del movimiento por la educación esta analogía no es la más apropiada,  ya que la irrupción estudiantil fue precedida por réplicas perceptibles a varios kilómetros de distancia. El segundo año de la administración del presidente Sebastián Piñera, comienza con las manifestaciones de los pobladores de Dichato y otros villoríos  de la octava región, que protestaban por los retrasos en la construcción de sus viviendas dañadas por el terremoto y posterior tsunami. En febrero, estalla una auténtica rebelión popular de los magallánicos, quienes desatan un ejemplar movimiento de protesta contra el alza desmedida del gas, un recurso energético indispensable dada las condiciones climática extremas que se presentan en esa zona del país. Sólo unas semanas después, es el turno de los ambientalistas, que impulsan diversas manifestaciones contra la instalación de una planta termoeléctrica en el santuario natural de Punta de Choros en la región de Coquimbo. Durante los meses de abril y mayo se suceden tanto en Santiago como en Coyhaique, -y en las principales ciudades del país-,  masivas marchas contra la instalación del  mega proyecto Hidroaysen, y se populariza la famosa consigna “Patagonia sin Represas”. Todo ello nos permite concluir, que las luchas por la educación que se masificarán a contar del mes de junio, y que concitarán un respaldo transversal, deben ser leídas como parte de un malestar más profundo que aqueja a la sociedad chilena.

A medida que se intensificaba el conflicto, y se masificaban las tomas de liceos, las movilizaciones universitarias, y otras acciones convocadas por los profesores, en conjunto con otros estamentos de la educación, también se visibiliza la crisis de legitimidad que golpea a las principales instituciones del país. Si bien el descrédito de la gente hacia la política es un fenómeno de antigua data, ahora dicha desconfianza se traslada hacia el resto de la institucionalidad, creando una brecha entre la ciudadanía y el orden social. Pero veamos con mayor detalle esta situación. Desde su nacimiento la interminable transición chilena se ha desarrollado al alero del marco constitucional pinochetista, lo que permite el despliegue –en el mejor de los casos- de una democracia de baja intensidad, donde la soberanía popular se encuentra severamente degradada. Este es uno de los aspectos esenciales que explica la temprana crisis de representación que exhibe el peculiar régimen político-electoral, que reemplaza a la dictadura militar.[2] Ahora el punto a considerar, es que en la actualidad, no sólo estamos en presencia de un cuestionamiento a la capacidad de los partidos para representar intereses, pues se ha pasado a una fase superior de la crisis. Ahora se crítica el carácter antidemocrático del sistema político heredado de la dictadura, y su sustento jurídico, que es la mismísima constitución del ochenta. Sin embargo, lo más novedoso de todo, aún está por venir, y proviene de los resultados de las últimas encuestas publicadas a fines del año pasado. En ellas se constata que instituciones donde la ciudadanía volcaba altos niveles de credibilidad, como las FFAA y Carabineros, el poder judicial, los grandes empresarios, e incluso la iglesia católica, ahora también se ven afectadas por una severa pérdida de confianza.[3] Según el investigador de la Universidad de Chile, Alberto Mayol, en el derrumbe de estas instituciones, -que eran quienes jugaban un papel de estabilización y control social-, radicaría la principal razón por la cual los chilenos pasamos durante el 2011, de una condición de “rebeldes adaptativos” a una actitud de rebelión abierta.[4]

Es posible que fenómenos estructurales como el malestar larvado en las entrañas de la modernización chilena, conjugado con el creciente desprestigio de la política, hayan incidido en la simpatía que despertó entre la gente, tanto las demandas como los liderazgos más emblemáticos del movimiento. En este sentido, resulta sintomático el respaldo que alcanzan aquellas demandas donde existe un abierto rechazo al desempeño del sector privado y a sus prácticas abusivas.  La exigencia del fin del lucro en la educación, no es demanda de segundo orden, por el contrario, es un cuestionamiento a una de las reformas estructurales, que a principios de los ochenta impusiera la dictadura militar, y que más tarde validarán los gobiernos de la concertación. Un análisis similar puede hacerse respecto al apoyo que despierta la exigencia por nacionalizar la gran minería del cobre. Aquí se impugna la propiedad privada de los grandes yacimientos productores del preciado metal rojo, cuestionando otro de los principios inviolables del orden neoliberal: la supremacía que goza el derecho de propiedad frente a cualquiera otra demanda que apele a la justicia social.

Otro aspecto asociado al carácter avanzado  de las demandas, es el empuje democratizador que adquieren las luchas por la educación. A medida que transcurre el tiempo, y se hace evidente la nula voluntad del gobierno para responder satisfactoriamente a las reivindicaciones reclamadas durante meses, entre los manifestantes emerge una nueva exigencia que apela al pronunciamiento directo de la ciudadanía, a través de la realización de un plebiscito. Aunque el gobierno rápidamente desecha esta posibilidad, de todas formas queda en una posición incómoda. Los débiles argumentos que emplea para  rechazar la convocatoria a un plebiscito, van a otorgar mayor  legitimidad a dicha demanda. Ante la intransigencia del gobierno, será el Colegio de Profesores, en conjunto con otras organizaciones estudiantiles y sociales agrupadas en la llamada “mesa social”, quienes impulsarán los días 7 y 8 de Octubre una exitosa consulta nacional, que sorprenderá al país por el alto nivel de participación que logró.

El impacto que alcanzó en la opinión pública el despliegue del movimiento por la educación, generó un viraje en las noticias que circularon en esos meses por  la prensa. Para los medios digitales, los diarios, y sobre todo la televisión, fue imposible ocultar lo que estaba ocurriendo en las calles, viéndose obligados a brindar una amplia cobertura periodística a los diversos rostros de la protesta. Sin exagerar, se podría afirmar que es el sentir ciudadano quien se abre paso en la agenda de los medios e impone un debate sobre el cual debieron pronunciarse diversos actores.  La instalación de tópicos democratizadores en el debate público es un efecto que perdura en el tiempo, y actualmente es el propio gobierno quién se ha visto obligado a anunciar el próximo envió al parlamento de un proyecto de ley sobre reforma tributaria. Incluso, en estos días se ha desatado una fuerte controversia entre los partidos que forman parte de la coalición de gobierno, respecto a la conveniencia de poner fin al sistema electoral binominal, que es la principal traba que impide la expresión en el parlamento de las fuerzas políticas que no forman parte de los dos grandes bloques.[5] Es interesante apuntar que esta verdadera politización de la agenda pública no sólo transcurrió “por arriba”, sino que también impactó en la  vida privada de cientos y miles de familias, que después de años de guardar un silencio cómplice, se atrevieron a hablar de política con sus hijos en el almuerzo dominguero ó en la once familiar. Si bien este tipo de situaciones muchas veces resultan imperceptibles, son fundamentales para  recomponer los vínculos emocionales y lazos sociales desarticulados por el poder corrosivo de las fuerzas del mercado.

En el plano experiencial lo vivido por los chilenos en estos siete meses de movilización, son acontecimientos que quedaran marcados a fuego en la memoria colectiva de la ciudadanía, en especial, de las generaciones más jóvenes.  En los momentos más álgidos de la protesta se podía apreciar entre los manifestantes un estado de ánimo, que se asemejaba mucho a la actitud épica y audaz que se desplegó en la lucha contra la dictadura. Es más, el ímpetu con que emergió el descontento alcanzó tal envergadura, que formas de lucha que están inscritas en la memoria del pueblo chileno, son resignificadas y adquieren una renovada vitalidad.  Un acto que simbolizó la fusión,  -en el imaginario social de la protesta-, de la dictadura de Pinochet con el gobierno de Piñera, es el espontáneo caceroleo que se produce el día 4 de agosto. En repudió a la durísima represión que ejerció Carabineros para disolver una marcha estudiantil en el centro de Santiago, la presidenta de la Federación de Estudiantes de Chile (FECH) Camila Vallejo, hace un llamado a que la ciudadanía manifieste esa noche, su solidaridad con los manifestantes tocando las cacerolas.  A  partir de las 9 de la noche de ese mismo día, y después de 28 años, nuevamente vuelve a sentirse en Chile, el famoso sonar de las cacerolas.[6] Sólo que ahora el ruido de las cacerolas no se reduce a las poblaciones populares, sino que también sonarán con estridencia en barrios y comunas de capas medias urbanas, donde residen las familias que todos los meses ven afectado su presupuesto por los altos aranceles universitarios que deben pagar. La potencia de este hibridaje simbólico adquiere tal fuerza, que el caceroleo se transformará en una nueva forma de protesta que acompañará al movimiento hasta sus últimas manifestaciones masivas.

A través de esta constelación de acciones, reacciones y reconfiguraciones, que se despliega tanto en la  “microfísica” del poder como a nivel de los discursos públicos, emerge una nueva subjetividad que se divorcia del consenso ideológico de la postdictadura, y se rebela con la naturalización del neoliberalismo. Es prudente recordar que si bien en Chile, el neoliberalismo fue impuesto a sangre y fuego, luego fue aceptado y celebrado como el único tipo de sociedad posible al que se podía aspirar. De esta manera se estructuró entre la gente, una suerte de sentido común que avalaba la primacía del capital en desmedro de la presencia del estado, y que legitimaba la búsqueda de lucrativas ganancias, como un fin deseable para casi cualquier tipo de actividad humana. Todo ello nos lleva concluir, que uno de los efectos más significativos que ha tenido el movimiento social por la educación, es que logro romper con uno de los consensos ideológicos fundamentales de la posdictadura, como es el sentido común neoliberal que ha predominado en Chile durante décadas. Si esta ruptura logra devenir en un cambio cultural que perdure en el tiempo, obviamente es un tema frente al cual no podemos aventurar una respuesta en estos momentos.[7]

Los sucesos del 2011 también han incidido en el comportamiento de los partidos y coaliciones políticas, generando un cambio en la correlación de fuerzas.  El discurso tecnocrático del presidente Sebastián Piñera ha sido totalmente sobrepasado por las demandas educacionales, viéndose  severamente cuestionada una lógica de gobierno, que pone acento en la eficiencia, pero se niega debatir los fines que persigue. Justamente una de las víctimas de esta incapacidad generar una interlocución efectiva con las organizaciones estudiantiles y gremiales, es el Ministro de Educación Joaquín Lavin, quién debe dejar su cartera ante la pérdida de credibilidad que genera en la opinión pública sus tácticas dilatorias. En definitiva se puede concluir que durante el 2011 el gobierno perdió la iniciativa estratégica, y es evidente que este año se empeñará en  retomarla. Las formidables movilizaciones que hemos presenciado el año pasado, también ejercen una enorme presión sobre los partidos de oposición, y los obliga a transparentar sus posiciones. Para la Concertación el escenario se presenta extremadamente complejo, ya que los cuestionamientos al predominio del mercado en la educación, vienen acompañados de una contundente crítica a lo obrado durante los cuatro gobiernos que ella encabezó. En la Concertación se agudizan las diferencias y en su seno aparecen dos apuestas políticas distintas. Por un lado, está la posición  pragmática que adoptan  los dos partidos más grandes. Tanto el Partido Socialista como la Democracia Cristiana, temen que una excesiva polarización haga girar hacia la derecha a los electores moderados que se ubican en el centro político, poniendo en peligro  el aterrizaje como candidata presidencial de la expresidenta Bachelet. Y por otra parte, está el rumbo que adoptan el Partido Radical y el Partido por la Democracia, quienes asumen una posición autocrítica, se preocupan por empatizar con el discurso de los manifestantes, y formulan osados llamados a superar la concertación. Para reforzar la convicción de sus postulados, dichos partidos incluso han realizado un llamado público al Partido Comunista, para que  presenten una lista común en las elecciones de concejales de octubre de este año.

En términos estratégicos hay otro efecto, que puede ser tanto o más significativo que un cambio contingente en la correlación de fuerzas. Me refiero a la capacidad que tuvo este movimiento, para neutralizar uno de los dispositivos que ha sustentado el inmovilismo social y político de las últimas dos décadas; la llamada política de los consensos. Este híbrido mecanismo de mantención del status quo, fue engendrado bajo la administración de Patricio Aylwin, y profusamente utilizado por los diferentes mandantarios de la concertación. La expresidenta Michelle Bachelet también recurrió a los grandes acuerdos, cuando en respuesta a la “revolución pinguina” del 2006, negoció con la derecha una serie de reformas cosméticas a la Ley Orgánica Constitucional de Enseñanza (LOCE), eludiendo las transformaciones de fondo que exigían los estudiantes secundarios. En esta ocasión, los acontecimientos siguieron otro curso. La fuerza y la adhesión transversal que alcanzaron las luchas por la defensa de la educación, impidieron la re-edición de la nefasta política de los consensos. El momento decisivo para impedir aquello, residió en el debate y posterior votación en el parlamento del presupuesto de Educación. El nuevo ministro de Educación, Felipe Bulnes había depositado todas sus esperanzas en llegar a un acuerdo con la Democracia Cristiana, pero ello no pudo materializarse por la firme postura que adoptaron los líderes estudiantiles, quienes llamaron a la concertación “a no pactar acuerdos de espaldas a la ciudadanía y el movimiento estudiantil”. [8] En este esfuerzo también contribuyó el apoyo que les entregaron las fuerzas de izquierda de la oposición, en especial, los diputados del partido comunista. Ellos desempeñaron un papel fundamental, pues lograron alinear a los parlamentarios más conservadores de la concertación tras la postura común que se acordó como oposición, inmunizándolos frente a los cantos de sirena del gobierno.

Los diferentes aspectos de la situación del país que han sido enunciados en este artículo, permiten concluir que el principal efecto político que ha traído la irrupción  del movimiento social por la educación, es que ha provocado una  crisis parcial de la hegemonía neoliberal. Para que una afirmación como esta  no conduzca a equívocos, es necesario ahondar  en la caracterización de los conflictos que está experimentando el bloque dominante. Por eso cuando se sostiene que existe una crisis parcial, justamente lo que se desea es destacar que no está predefinido un escalamiento en ella, y menos aún, que dicha crisis tenga una salida que favorezca las pretensiones democratizadoras. Tampoco está claro cuál será el sector político que capitalizará este malestar, por lo tanto, se enfrenta un escenario absolutamente abierto. A continuación se pasará revista a las principales alternativas de salida a la crisis de hegemonía que se vislumbra en el país.

Una opción se ubica entre quienes apuestan a que la pérdida de legitimidad del mundo político es de tal profundidad, que los partidos tradicionales son incapaces de reposicionarse en un corto plazo. Aquí se apela a un discurso que convoca directamente a los descontentos menos politizados, ganando su adhesión a través de liderazgos carismáticos.  En esta orientación convergen al menos dos proyectos políticos. Uno de ellos, es la postura sus sustenta el excandidato presidencial, Marco Henríquez-Ominami y su referente político, el Partido Progresista, y el otro, es la ya probada apuesta “populista” de la Unión Demócrata Independiente (UDI). Dicho partido, intenta ampliar la base social de la derecha chilena, a través de un discurso despolitizador que se basa en  medidas efectistas, al mejor estilo de la época “dorada” de Fujimori en Perú.  Otra alternativa menos traumática, es una recomposición de la hegemonía  neoliberal por la vía del surgimiento de un remozado centro político, que dote de una nueva estabilidad al sistema de partidos. En esta apuesta conservadora convergen fuerzas que hoy se encuentran desperfiladas en sus respectivas coaliciones, e incluso, sectores de gobierno que siempre han querido revivir  ese viejo anhelo de instalar en Chile una derecha “democrática” ó liberal. El reciente compromiso suscrito entre los presidentes de Renovación Nacional y la Democracia Cristiana, es un acuerdo que justamente se mueve en esta dirección.[9]  Por último, están quienes apuesta a la profundización de la crisis, y al surgimiento de un sujeto democratizador, de composición pluriclasista y orientación antineoliberal. En él deben converger nuevos movimientos sociales -como los defensores del medioambiente y los pueblos indígenas-, con expresiones más tradicionales, como son el movimiento sindical, y los propios partidos de izquierda. Se trata de un nuevo sujeto social  con  vocación de poder, que se proponga una alianza con los sectores de la concertación que demuestran una auténtica voluntad democratizadora, para así crear las mayorías políticas y electorales capaces de impulsar las reformas estructurales que se han demandado en las calles.

Para hacer viable la estrategia democratizadora antes descrita, es fundamental que los movimientos sociales y las fuerzas políticas antineoliberales, sean capaces de representar políticamente el malestar y la protesta que emergió el 2011. Dicha problemática también involucra al movimiento social por la educación,  ya que su proyección emancipatoria  depende, -en gran medida-, de la capacidad que posea para transformar su enorme convocatoria social, en una correlación de fuerzas favorable a los cambios democráticos.  Debido al interés que existe por indagar en la potencialidad democratizadora de las luchas por la educación, primero se explorará en su capacidad de articulación con otros movimientos sociales y ciudadanos. Para luego abordar un tema decisivo e ineludible,  como es su posibilidad de vincularse con un proyecto más global de democratización de la sociedad chilena.

 Un primer aspecto a destacar es la inédita unidad de acción que logran los tres estamentos más activos del mundo de la educación, que corresponden a los estudiantes secundarios, universitarios y profesores de enseñanza básica y media. Por primera vez en años, las organizaciones estudiantiles más representativas del país logran coordinarse con el Colegio de Profesores, y convocar en forma conjunta a las principales jornadas de movilización. Es más, al calor del Paro Nacional que convoca la Central Unitaria de Trabajadores (CUT) para los días 24 y 25 de agosto, se da un nuevo paso, y se logra conformar un referente más amplio de coordinación. Es la llamada mesa social por la educación, instancia que reúne a las tres organizaciones estudiantiles de alcance nacional (CONFECH, CONES y ACES), y a la cual se suman  agrupaciones ambientalistas, colegios profesionales, el mundo de los Derechos Humanos, y por supuesto, los sindicatos agrupados en la CUT. Dicha instancia será clave en las coordinaciones territoriales que se producirán en diversas comunas del país durante el paro nacional del 24 y 25, y también en la convocatoria a la exitosa consulta nacional que encabezará el Colegio de Profesores. La continuidad de un referente de este tipo, es fundamental para que las organizaciones vinculadas al mundo de la educación puedan mantener una interlocución fluida con el resto del mundo social, en especial, con los trabajadores y sectores populares organizados. Una agrupación como está  también puede facilitar una articulación virtuosa entre las demandas reivindicativas propias del mundo social, con las necesarias exigencias de democratización del sistema político.

En este debate, un antecedente  a tener en cuenta es que en el mundo de la educación, especialmente al interior del movimiento estudiantil, existe una crítica descarnada hacia las prácticas políticas de los partidos tradicionales, al igual que una desconfianza en las instituciones representativas del sistema político, como el parlamento.  A pesar de ello, un movimiento de este alcance está obligado a interrogarse respecto a su disputa con el poder político, es decir, a su forma de relacionarse con el estado, su institucionalidad y los partidos políticos. Aquí se puede hipotetizar, que los partidos de izquierda que mantienen influencia en el mundo estudiantil, -aunque en ningún caso el control de las organizaciones-, buscarán representar políticamente las sensibilidades que han emergido. Es evidente, que el Partido Comunista al no ser parte de la concertación y haber estado siempre en una decidida oposición a las políticas neoliberales, se encuentra en una posición más cómoda que otras fuerzas como el Partido Socialista.  Aunque, sería aventurado pensar que un solo partido podrá capitalizar todo el potencial de descontento que ha generado un movimiento tan masivo. Una situación similar puede ocurrir, si se apuesta a  que sea el propio movimiento estudiantil quién se dote de instrumentos políticos, y se proponga  representar aisladamente la dinámica social que emergió el 2011. Pero existe otra posibilidad, –que no es antagónica con las anteriores- y que apunta a que las propias organizaciones estudiantiles “maduren” políticamente junto al movimiento social, y promuevan novedosas formas de alianza con fuerzas políticas institucionales críticas al neoliberalismo.[10]  Sin embargo, cualquier relación que se teja entre “lo social y lo político”, debe comenzar por concordar una plataforma de reformas estructurales a impulsar tanto en educación como en relación a la democratización del sistema político.

Para finalizar parece necesario insistir en que la reciente explosión de protesta social que vivió Chile, y en especial, el estallido durante el 2011 de una auténtica rebelión estudiantil que se prolongo casi todo el año, es un hecho que no tiene parangón en estas décadas de posdictadura. Si hubiera que buscar algo que se pareciera, sin duda se pensaría en la primera protesta nacional contra Pinochet, efectuada en Mayo de 1983.  Ambas tienen en común, el ser hitos que expresan simbólicamente una ruptura abierta del pueblo chileno con aspectos sustantivos del orden social. Ambos hechos, marcaron un antes y un después en el país. En definitiva, ese Chile que conocimos meses atrás, ese país donde el neoliberalismo reinaba sin contrapeso, ya no volverá a ser el mismo de años antes, e incluso me atrevería a decir, de décadas atrás.

 

Bibliografía

Lechner, Norbert. Las sombras del Mañana. La dimensión subjetiva de la política, LOM Ediciones, 2002, Santiago de Chile.

Grez, Sergio. “Chile 2012: el movimiento estudiantil en la encrucijada”, en Le Monde Diplomatique, edición chilena, Año XI, número 126, Enero-Febrero, 2012, Santiago de Chile.

Mayol, Alberto, Azócar, Carla y Brega, Carla. “El clivaje público/privado: Horizonte último del impacto del impacto del movimiento estudiantil 2011 en Chile”, disponible en: http://www.albertomayol.cl/?cat=8

Universidad Diego Portales. Chile 2011, Encuesta Nacional, disponible en: http://www.encuesta.udp.cl/tag/encuesta-udp-2011/

Centro de Estudios Públicos (CEP). Encuesta Nacional de Opinión Pública, Noviembre-Diciembre2011, disponible en: http://www.cepchile.cl/dms/lang_1/doc_4936.html

Massardo, Jaime. “La significación histórica del Movimiento Estudiantil”, disponible en: http://www.chileaulas.com/wp-content/uploads/2011/08/LA-SIGNIFICACION-HISTORICA-DEL-MOVIMIENTO-ESTUDIANTIL.pdf



Notas

[1]              Este autor desarrolla dichos planteamiento en un libro titulado “Las sombras del Mañana, La dimensión subjetiva de la política”, LOM ediciones, 2002, Santiago de Chile.

[2]              Ya en las elecciones parlamentarias de 1997, se habla de una crisis de representación para explicarse los cerca de tres millones de votantes que se marginaron del proceso electoral, ya sea porque ese día no se presentaron,  votaron en blanco o anularon la papeleta.

[3]              Ver la Encuesta 2011 de la Universidad Diego Portales.

[4]              Esta tesis fue desarrollado en extenso por Alberto Mayol en su presentación en el principal encuentro empresarial del país, la ENADE 2011.

[5]              La encuesta Noviembre-Diciembre del Centro de Estudios Públicos (CEP) arrojaba que el 60% de los consultados estaba a favor de cambiar el sistema electoral binominal.

[6]              El llamado caceroleo se masifico  en las poblaciones populares de Santiago y otras grandes ciudades, a  partir de las protestas contra la dictadura militar que irrumpen a partir del  año 1983.

[7]              La tesis de la ruptura del sentido común neoliberal, ha sido desarrolla en extenso por el académico de la Universidad de Valparaíso, Jaime Massardo en un artículo titulado “La significación histórica del Movimiento Estudiantil en Chile”.

[8]              Declaraciones formulas por  Camila Vallejo el día 13 de Noviembre  del  2011.

[9] El día 17 de Enero Carlos Larraín, presidente de RN y Patricio Walker, presidente del PDC, sorprendieron a todo el país cuando anunciaron la firma de un acuerdo político, que entre sus principales puntos contempla reformas al sistema binominal y el cambio del régimen presidencial, por uno parlamentario.

[10]             En un artículo titulado “Chile 2012: el movimiento estudiantil en la encrucijada”, el historiador Sergio Grez sostiene que el movimiento social debe entrar al juego político. Para ello propone que los estudiantes se doten de sus propias formas de representación política, sin descartar alianzas con referentes políticos contestatarios al neoliberalismo.

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