La derecha en el gobierno: Ni nueva, ni vieja, sólo pragmática.

Publicado en Jun 17, 2011 - 7:40pm [1.671 lecturas] .

Carlos Arrué

Por Carlos Arrué

Encargado del Programa Legislativo de ICAL

La derecha en Chile se encuentra ante tremendas encrucijadas que afectan su modo de gobernar e interpretar la realidad, y ponen de relieve problemas de los cuales sólo ella es responsable.

Hoy cosechan lo que siembra: una población políticamente inculta, desorganizada, abúlica y desmovilizada. Las reuniones en Palacio, el caso KODAMA, las editoriales de El Mercurio, las marchas en las calles y las imprecisiones y nerviosismos de los ministros, reflejan una serie de contradicciones de corte ideológico y filosófico que ponen en duda  la sustancia gris de una cosmovisión nacida al interior del gremialismo, desarrollada en dictadura, cimentada con la Concertación y paradójicamente haciendo crisis en su propio gobierno.

Tal vez el problema es que la filosofía e ideología de la derecha criolla fue exaltar valores, juicios y formatos diseñados para dominar desde el miedo y no desde la democracia, evidenciando los vacíos conceptuales de la construcción del poder, que hoy le pasan la cuenta. Ahora que necesita gobernar, el pragmatismo abre paso.

Tras el Golpe de Estado de 1973, surgió una derecha dispuesta a suceder una vieja forma de ser derecha que el ex diputado Jorge Insunza (hijo) calificó “de talante aristocrático”. Aquella “nueva derecha” fue a disputar los enclaves de la izquierda en las poblaciones y sentó las bases fundacionales de una sociedad enemiga de la participación, la política, los partidos y en general sembraron el apoliticismo en un pueblo tradicionalmente politizado.

Unido a ello, impulsó un discurso que desideologizó el debate, presentando sus propias verdades como únicas y axiomáticas. El cambio no cabía y era sinónimo de subversivo. La política era valorada socialmente de forma peyorativa haciendo que no tuviera sentido. Incluso se abusó grotescamente al hacer equivalentes ignorancia y quehacer público, acentuando con ello la tendencia de ver la política como inútil y egoísta. Se habló de lo técnico despojado de significado ideológico, logrando presentar las recetas económicas como verdad sacra e inmutable.

Y ahora la derecha se queja y se lamenta, porque lo que viene no parece ser alentador.

Estuvo convencida que el apoliticismo y analfabetismo político le permitiría volver al gobierno a través del voto. Y no estaba equivocada, toda vez que la ignorancia y la realización de la política desde el clientelismo son claves en hacer descender el nivel del debate público al nivel del microcosmos personal. Con ello, las complejidades del debate democrático se desvanecen y parecen inconducentes Al mismo tiempo, el rechazo preconcebido e intencionado hacia la política generó una indiferencia que creó estereotipos y prejuicios facilitadores de una abulia social, con el relevante efecto de poder avanzar en el olvido del régimen dictatorial (tanto para la derecha como para la Concertación).

Por ultimo, la fragmentación social – y el individualismo que trae aparejado y que hoy impera – contribuyen decisivamente a disminuir la conciencia cívica que se aprende y se desarrolla socialmente. Esta habilidad social, rechazada por los ideólogos de la derecha, evidenció su efecto más negativo con particular agudeza en el pos terremoto de 27 de febrero del 2010.

Pero ahora, sufre por varias razones. Primero, porque el axioma de lo técnico sobre el político se vino abajo porque el arte de gobernar no es una condición de privilegio técnico sino político. Los temas del debate público y de Estado no son temas técnicos y esta verdad sencilla pero tantas veces negada, les dificulta abordar una serie de requerimientos que el ejercicio de gobernar les presenta. Su mayor expresión está en la incapacidad del Ejecutivo de escuchar, que parece pensar que escuchar se acota y se agota en que el oído capte un sonido. A tal extremo ha llegado este problema que Jovino Novoa ha reparado en la necesidad de politizar los debates públicos y exhorta de dejar de denostar a los políticos aún cuando lo anterior les entraña una contradicción filosófica e ideológica.

En segundo lugar, la movilización social desde el tema del alza del gas en Punta Arenas llegando a Hidroaysén, Las grandes convocatorias a marchas con ausencia de partidos políticos, es la guinda de una torta de hechos que ha llevado a los sectores de la derecha a sostener abiertamente la necesidad de fortalecer a los partidos políticos, planteamiento impensable hace 10. 20 o 30 años.

Uno puede hipotetizar que este cambio obedece a una inquietud creciente en torno a los alcances que puede tener una movilización sin dueño y por ende, a las escasas posibilidades de imponer negociaciones. Y, aquí nuevamente la derecha es victima de su propia medicina dado que su convicción ideológica considera, o consideraba al menos, que la movilización popular era obra de activistas políticos y nunca de ciudadanos pensantes. Ella fue impulsora de la desafiliación política pero no contaba con que las personas podían aspirar a desarrollar relaciones no clientelares dado su visión de sociedad no concibe que las personas puedan desarrollar relaciones sociales o afectivas no manipuladas externamente. El sentido libertario, sino toda al menos de una parte importante de la Humanidad, la valoraba como un legado marxista y no como parte sustancial de la actividad cognitiva y social de las personas que posee un carácter objetivo.

Por ultimo, al menos por ahora, la variable del entorno regional latinoamericano tampoco le es ajena. La victoria, así sea estrecha, de Ollanta Humala en Perú configura un escenario claramente adverso para Chile, pero esta constatación meramente geopolítica, no es la determinante. Lo central es que en todos los países en donde fuerzas políticas que impulsan el rol del Estado, discursos nacionalistas y de promoción democrática y participativa, ha habido previamente una población relativamente apolítica, de escasa participación y con bajos niveles de organización, precisamente lo que ocurre en Chile.

Sin embargo, apelar hoy a lo que sucede en otros países también es contradictorio, porque por años nos inculcaron que Chile era distinto con apelativos de corte felino tales como jaguares, tigres y pumas. Sin embargo, la lectura que hace la derecha, antaño autora del discurso de distanciamiento de Chile en la región, parte por aprender del fracaso de sus colegas en la región. Así, Chile hoy se convierte en un bastión de la derecha con una posición fortalecida pero con un diagnostico crítico donde su dilema ahora equivale a responder la interrogante ¿cómo no perder a Chile en esta ofensiva de las izquierdas que azota el continente?

Y es ahí la paradoja que sostiene su discurso actual de fortalecer los partidos políticos, politizar los debates, promover la participación y frenar la abulia, la indiferencia y la debilidad del sistema político. De avanzar en esto, es ideológicamente una victoria conjunta del pensamiento marxista y social demócrata aun cuando puede significar gobernar de la Coalición por el Cambio de cuatro años más.

Dicho sea de paso, es también esa receta la base del marco institucional que permitió el fortalecimiento de la izquierda en los años 40, 50 y 60 del siglo pasado. Parece ser el destino.

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