El control y uso de la energía.

Publicado en Ene 24, 2011 - 2:29am [2.307 lecturas] .


La tensión por el control y uso de los recursos naturales se manifiesta en la inmensa cantidad de conflictos ambientales que en el último año se han producido en todo nuestro continente.

El control y el uso de la energía coparán la agenda pública en el corto plazo.

Por Pablo Chacón , Ingeniero Geomensor.

La tensión por el control y uso de los recursos naturales se manifiesta en la inmensa cantidad de conflictos ambientales que en el último año se han producido en todo nuestro continente.

Consideremos lo ocurrido en México, con la triste catástrofe de la plataforma petrolífera de BP (parte importante de la biodiversidad del Mar Caribe fue puesta en riesgo), hasta el conflicto que hizo retroceder las instalaciones de la termoeléctrica de la localidad de Castilla, en Chile.

Comunidades enteras se movilizaron en distintos escenarios geográficos de nuestra América para protestar y enfrentarse a un modelo de desarrollo productivo, que no debería llamarse así y que desde ya postulamos como netamente “extractivo”.
Este modelo extractivo se profundiza, inexorablemente, impulsado por la necesidad creciente de materias primas desde los centros “industriales”.

El panorama de las inversiones extranjeras, y también de capitales asociados nacionales, nos habla de un nuevo capítulo en la profundización de las actividades de extracción de recursos naturales en Chile. Este hecho nos lleva a complejas interrogantes que debemos analizar.

Mientras la Asociación Internacional de la Energía le pedía a la OPEP que incrementara la producción de crudo para descongestionar el alza del precio del barril, este commodity alcanzó un alza acumulada de más de 18% en 2010. Esto indica que el empuje al alza de este importante insumo energético, en la mayoría de las actuales economías, será un denominador común de la acción especulativa de los mercados financieros.

Esta problemática energética nos reencuentra con la vieja paradoja del desarrollo, del desafío de producir más energía para más inversión y –supuestamente- para más progreso y bienestar socioeconómico.

En nuestro país, desde hace un tiempo se vienen anunciando inversiones en minería para los próximos años, lo que según el propio Presidente Piñera posibilitará un crecimiento sostenido de la economía, no menor al 6% del Producto Anual. Este planteamiento conlleva dotar de la energía suficiente dichos proyectos extractivos.
Más de 20 centrales termoeléctricas y la construcción de las 4 centrales del emblemático holding Hidroaysen, constituyen la batería de sostenimiento energético, algunos dicen para el desarrollo. La pregunta es: ¿Para el desarrollo de quiénes? Aquí yace, desde nuestro punto de vista, la primera idea fuerza que el actual modelo de desarrollo plantea: la fe en el crecimiento sostenido como motor del desarrollo. Pero plantea la pregunta de si es posible construir nuevos paradigmas económicos, ¿es posible otra economía?

La vieja premisa, que ya raya en el dogma, de que el crecimiento económico es sinónimo de bienestar logra entonces consolidarse en el inconsciente colectivo de los generadores de la política pública ambiental, de todo el orbe. Es así como la fe ciega en las narrativas monetarias del manejo macroeconómico, del control de los déficit fiscales, de la lógica metodológica del mantenimiento financiero neoliberal de los mercados, se instala en la consideración intocable del planteamiento “debemos producir más energía” y en el menor tiempo posible.

Si bien es cierto estas consideraciones contienen en sí argumentos que tiene que ver con el mantenimiento de presupuestos fiscales y demás consideraciones macroeconómicas, debemos decir que plantea un problema cuando el contexto en el que se desenvuelve es el de los límites del crecimiento económico, relacionado con los límites físicos del planeta. Una vieja discusión que cobra nuevamente vida cuando de las instituciones científicas emanan dictámenes no cuestionables de que no se puede subir la temperatura más allá de 2 grados Celsius sin comprometer la estabilidad climática y, por consiguiente, las condiciones básicas para la vida de la mayoría de las especies vivas de nuestro mundo.

Pareciera ser, que distintos mandatarios y gobiernos bajo la manga abrigan las esperanzas de que en un mundo más rico las labores de mitigación de los efectos del cambio climático sean viables, a pesar de que abiertamente nadie ya se atreve a decirlo.

El control y el uso de la energía parece ser, uno de los temas que copará la discusión política y de la agenda pública mundial en el corto plazo y, en particular, para un país como el nuestro que no cuenta con fuentes de materias primas propias de hidrocarburos (petróleo y gas natural) y donde la matriz energética mayoritariamente se sustenta en base a las fuentes hidráulica, gas natural y petróleo, siendo estos tres últimos más del 60% de la totalidad de la energía utilizada en nuestro país.

En efecto, el contexto general de Cambio Climático impone un bis al debate de las políticas públicas sobre la matriz, toda vez que plantea escenarios de estrés hídrico, exacerbación de mínimos y máximos de temperaturas, etc. que sin lugar a dudas impactará en los costos de las energías que se producen.

Como contrapunto al anterior diagnóstico, un de las consideraciones éticas por la que productos como el agua y el gas deben tener bajos costos para la población es porque, llevados al ejemplo de un hombre que compra agua en el desierto, vemos que pagaría lo que fuera, o hacer lo que fuese, con tal de tomar ese vaso de agua. Efectivamente, este raciocino económico de la inelasticidad de la demanda por el agua o por el gas en una zona geográfica como el extremo austral de Chile nos lleva a uno de los debates de fondo sobre la cuestión energética y del desarrollo, a saber la propiedad de los recursos (en este caso energéticos) y la validez o no de la rentabilidad del capital, que se aplica para evaluar la sustentabilidad económica de los negocios relacionados con los suministros básicos para la vida y el bienestar de las personas.

Distintas latitudes, distintos tiempos.

Cochabamba, Bolivia, año 2000. Una serie de protestas gatilladas por la privatización del agua robustece la idea de una guerra donde incluso con ley marcial y muertos, termina de acuñarse el concepto. Esta llamada guerra ha sido desde entonces un hito, punto de inflexión histórico, donde puede separarse un antes y un después en el devenir del pueblo boliviano, no sólo por la gesta del pueblo de Cochabamba sino por el resultado de la movilización que logró echar abajo los contratos firmados por el entonces Presidente Banzer y la trasnacional Bechtel.

Punta Arenas, Chile, año 2011. La Comunidad a través de la Asamblea Ciudadana espacio que cuenta hasta con autoridades locales como el Alcalde, se alzó para protestar por el alza de más de 16 puntos porcentuales en las tarifas del gas. Esta ciudad se encuentra en el paralelo 53 SUR y es una de las más australes del mundo. El conflicto por el gas sin el gas, y sin el cual la vida humana hoy y en ese territorio se hace mucho más difícil, plantea desafíos en materia de innovación tecnológica para producir con energías (ERNC) limpias insumos materiales para el reemplazo o la eficiencia en la utilización de los hidrocarburos. Eso en teoría, porque con mercados presionando la premisa de la búsqueda de la mejor solución de la política pública tiene un resultado distorsionado: ¿Deben pagar por el alza del gas los habitantes de Magallanes? ¿Han sido ellos contribuyentes significativos a las crisis del abastecimiento energético, han dejado de pagar impuestos, de trabajar?

Ha sido difícil pensar en un mundo sin petróleo, incluso para aquellos que epistemológicamente le dan un valor menor al peso del mercado, incluso para ellos ha sido complejo. Pero la invitación a pensar y a actuar es la que esta reflexión pretende promover sin excluir ningún pensamiento, como el Sumak Kawsay, la experiencia andina de los gobiernos bolivianos y ecuatorianos, etc.

El problema de la crisis ambiental y el Cambio Climático es tan serio como inconmensurable y sus efectos desgraciadamente en un punto futuro del devenir histórico, nos plantearán alteraciones a las bases materiales de distintos territorios, la cultura como valor fundante del mundo contemporáneo se verá amenazada, causando lacras sociales que no dimensionamos hoy. Es por eso que la osadía es un valor aquí, es una virtud y no un defecto. Podemos equivocarnos de velocidad, pero estamos en el camino correcto. Ninguna reflexión está demás y la búsqueda de la integración de conocimientos entre disciplinas disímiles (desde la ingeniería hasta la historia y la sociología) y la transversalización de saberes de distintos actores (sociales y políticos) nos permitirá que desarrollemos respuestas sociopolíticas considerando a aquellos actores que no están contemplados en las políticas públicas de nuestro país, y podremos decir que estamos contribuyendo a la crítica franca y a la discusión y búsqueda del verdadero desarrollo sustentable, ese que no conocemos.

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